Notas sobre la película

Conocí a Manolo Bueno el día que ingresó en la residencia de mayores donde yo trabajo, hace ya 10 años.
En ese momento lo acompañaba su único hermano y una sobrina.
El protocolo que seguimos con él fue el habitual en estos casos; mostrarle las dependencias del centro, adjudicarle una habitación para compartir con otro residente, informarle de los horarios de comidas y de las normas de convivencia y, por último, firmar el contrato de admisión adquiriendo en ese momento la condición de residente.

Su hermano, antes de irse, nos entregó un informe:
“Manuel Bueno Calderón, 65 años. Soltero. Vive solo desde hace 3 años a consecuencia del fallecimiento de su madre. Sus únicos familiares cercanos son un hermano y una sobrina.
Sin estudios. Ha trabajado como jornalero de la aceituna, pintor y peón albañil.
A raíz de una caída reciente presenta luxación de hombro izquierdo. Intervenido de cataratas y de fractura de tibia izquierda.
Ante la situación que se presenta, imposibilitado transitoriamente para realizar las tareas cotidianas y de aseo personal… se recomienda el ingreso en una residencia”.

Los primeros días de Manolo en la residencia fueron transcurriendo con aparente normalidad. Cumplía con las normas y acudía a diario a los talleres junto a los demás residentes, aunque sin mostrar interés alguno. La relación con los compañeros se reducía a compartir un mismo espacio dentro de la residencia. El resto del día lo pasaba recorriendo el centro de un extremo a otro y vuelta a empezar.

A algunos residentes se les permitía salir un par de horas al día y pensamos que sería buena idea proponérselo también a él. Manolo accedió.
Esta medida funcionó durante un tiempo, pero alguien me comentó que sus salidas se prolongaban demasiado, hasta el punto de estar más tiempo fuera de la residencia que dentro de ella. Preocupados, decidimos intervenir y suspender las salidas.

Volvimos a la situación anterior, y ocurrió que seguíamos interviniendo en su comportamiento, cuando tales problemas tenían que ver más con nuestro modelo de gestión.
Decidí entonces acompañarlo para averiguar dónde pasaba tantas horas.
No hizo falta alejarnos demasiado de la residencia. Un camino entre olivos nos condujo hasta una pequeña construcción que, según me dijo, había servido tiempo atrás para criar cerdos.
Ya en el interior, Manolo fue mostrándome el duro trabajo que tuvo que realizar para que esa vieja casilla luciera el aspecto que ahora tenía. Reparó el tejado sustituyendo las tejas rotas por chapas que encontró, tapó el agujero de una de las paredes utilizando una vieja ventana de madera que antes tuvo que restaurar y, para pintar la casa, compró cal con el dinero de su asignación mensual.

Manolo había empleado todo ese tiempo en reconstruir con sus propias manos una destartalada casilla en mitad del campo, haciéndola suya y convirtiéndola en su particular refugio. Con este acto nos contradecía a todos en nuestra absurda creencia de que trabajo y vejez son realidades irreconciliables. Nuestro anhelo de procurar bienestar dentro de las seguras paredes de la residencia se vería frustrado una y otra vez, a riesgo de convertirlo en un ser inactivo, dependiente y vulnerable.

Volvió a salir y yo comencé a visitarlo casi a diario para comprobar que todo transcurría según lo acordado.
Un día, después de trabajar, cogí mi cámara y empecé a fotografiar: los olivos, el huerto, la casa, la carretilla, los animales que por allí andaban y cada uno de los curiosos inventos que Manolo fabricaba de un día para otro. Esas primeras imágenes, fijas y complacientes, fueron dando paso a unas furtivas y pequeñas grabaciones, a modo de prueba, para continuar después con unos registros algo más planificados, ya con la idea de abarcar toda su rutina.

Manolo permanecía y resistía allí fuera, tanto si el clima lo permitía como si no. Y yo tuve que estar a la altura y hacer lo mismo, obligándome a adaptarme a su ritmo, constante e infatigable, aprendiendo a desenvolverme en un medio nuevo y desconocido.
Supe entonces que quería aceptar ese reto y dedicarle a él mi primer trabajo, entendiendo que sería un proceso largo y sin guión, pidiéndole que viviera y reviviera su cotidianidad frente a mi cámara, a la que Manolo ignoraba casi sistemáticamente.
Al principio me limitaba a acompañarle, después intentaba potenciar o sugerir matices y, en más de una ocasión, me atreví a perturbar su rutina, con la insistente idea de trascender lo contemplado e ir construyendo e incorporando sensaciones, atmósferas y seres que anteriormente no estuvieron allí (o quizás sí).
Se trataba de trabajar cada día esa tensión para saber resistir entre la textura física y sensorial de unas imágenes hechas de viento, de árboles, de agua, de frío, de fuego, de muerte…

Este tiempo transcurrido me ha servido para romper con la distinción “dentro-fuera” (de la residencia), una división que levanta fronteras propias de instituciones “cerradas”, que tienden a generar internamiento y separación entre la vida en el centro y la que ha quedado al otro lado de la puerta. También para poder atestiguar la existencia de otras posibilidades de subsistencia para personas como Manolo Bueno, que resisten cual “emboscados” por seguir viviendo libres, en plena naturaleza y conectadas a sus raíces, manteniéndose al margen del sometimiento de convencionalismos y reglas sociales.

Isidro Sánchez. Marzo de 2015.