Manolo no sabe su edad. Deambula por la residencia de ancianos en la que acaba de ingresar sin prestar atención a lo que le rodea. Su imaginación le basta para recorrer los olivares que lo vieron trabajar o levantar su carretilla en busca de leña. En este retrato lagunar y esquivo del final de una vida (y también de una

Conocí a Manolo Bueno el día que ingresó en la residencia de mayores donde yo trabajo, hace ya 10 años. En ese momento lo acompañaba su único hermano y una sobrina. El protocolo que seguimos con él fue el habitual en estos casos; mostrarle las dependencias del centro, adjudicarle una habitación para compartir con otro residente, informarle de los horarios